:: Así, si uno carece de suficiente factor g a esa edad, de ningún modo podrá detentar una cantidad elevada en el resto de sus días. Esta situación limita el desempeño académico esperable y establece un “techo” a los niveles de complejidad que pueden ser absorbidos por el alumno a través del aprendizaje. Esto no quiere decir que las escuelas no puedan mejorar la calidad de enseñanza, sino que incluso las mejores escuelas en las mejores condiciones no pueden rehuir estos límites establecidos por la distribución de la inteligencia. Esta polémica discusión, enmarcada en los avances de la neurociencia, abre un debate interesante sobre si existe la posibilidad de elevar en forma permanente el factor g, sobre el sentido de los exámenes universales de rendimiento, sobre la capacidad de los docentes para preparar a todos los alumnos dada la heterogeneidad que coexiste en los grupos, sobre el rol de la enseñanza superior, etc. Pero también, nos permite reflexionar acerca de las tendencias que se pueden ir vislumbrando en la economía mundial de nuestros tiempos.

En una economía “global” del conocimiento, o en los términos de Murray del “talento intelectual”, la demanda por éste será creciente. Si la capacidad intelectual de las personas está determinada desde niño y no puede ser sustancialmente mejorada en el tiempo, entonces la cantidad de individuos con capacidad que se pueden dedicar a actividades de alta intensidad intelectual está delimitada por la curva en forma de campana. Si esto es así, sería inverosímil que más de un tercio de la población nativa de un país esté localizada en dichas actividades. Por lo tanto, no es absurdo especular que en los tiempos venideros los países más desarrollados descubran esos límites infranqueables y por consiguiente demanden en forma creciente “talento” del Sur. Asimismo, en ese esquema económico aquellos individuos con un elevado factor g obtendrían una renta, ya no de la tierra, sino del “talento”. Para percibir algunas tendencias de esta economía ricardiana “paremos la pelota” y levantemos la vista. Quizás podemos usufructuar de otra industria “global” que se encuentra en un estado de desarrollo mayor que la del “talento intelectual”: la industria del “talento futbolístico”.

Desde que a fines de 1995 el fallo de la Corte Europea en el caso Bosman (un mediocre futbolista belga) eliminó los límites a la cantidad de jugadores extranjeros pertenecientes a otros países de la Unión en las ligas del fútbol europeo (anteriormente sólo se permitían dos por club por partido), las restricciones cuantitativas han colapsado y la demanda de futbolistas originarios de los países del Sur no interrumpió un progreso acelerado. Hoy se hace innegable que el fútbol es un mercado “global” de provisión de servicios de entretenimiento que utiliza como insumo principal al “talento futbolístico”. Reparemos en algunas de sus consecuencias.

En un trabajo sugestivo, Branko Milanovic reveló cómo la introducción de movilidad laboral en condiciones de poder financiero desigual condujo a una concentración mayor de la elite y aún dentro de la elite de los clubes de fútbol (por ejemplo, equipos que alcanzan los cuartos de final en la Liga de Campeones). Ciertamente, la mayor calidad del juego junto con una mejor infraestructura de comunicaciones favoreció a los aficionados. Las rentas de los “talentosos” resultan evidentes: se estima que los jugadores del Sur más destacados ganan en los equipos europeos entre 20 y 50 veces más de lo que obtendrían en sus países de origen. Además, probablemente adquieran habilidades y experiencia en campeonatos más competitivos. De éstas luego se beneficiarán sus seleccionados nacionales (aunque a veces nos asaltan ciertas dudas sobre ello). Empero, este proceso vino acompañado por una mayor desigualdad entre las ligas de fútbol.

El flujo de “talento futbolístico” entre clubes alcanzó un grado de masividad que no nos sorprende ver a decenas de argentinos esparcidos por las mejores ligas del mundo. La propia dinámica llevó a que sean cada vez más jóvenes aquellos que se alejan. No nos conmueven los pases de los Gago o a los Higuaín sino de los Trejo y las tantas otras jóvenes promesas que aún sin haber debutado en nuestras canchas recurren a la “patria potestad” para emigrar. Así, el campeonato local se nutre de jóvenes cada vez más jóvenes, de adultos que pasaron por Europa y que se encuentran en la última etapa de su vida productiva y de unos pocos que aún juegan “por la camiseta”.

Si las tendencias de la economía mundial que se intuyen se confirman es probable que el “talento intelectual” siga un trayecto análogo al futbolístico. Pero existen diferencias sustanciales en la organización de ambas industrias que perturbarán los costos y beneficios sociales de la migración internacional. En gran medida, en nuestros países, el financiamiento del entrenamiento del “talento intelectual” proviene de presupuestos públicos. Por otra parte, no hay en marcha un mercado de pases entre universidades reglado por un sistema de contratos. Ni existe una organización internacional como la FIFA del mundo científico que fuerce a un resarcimiento para los clubes locales por la formación de los jóvenes que emigran. Por otro lado, la agenda de investigación del mundo desarrollado suele dejar de lado aquellas peculiaridades exclusivas del Sur. Quizás estas discrepancias sólo expresen un grado de evolución diferente, pero lo incuestionable es que en una economía “global” regida por la escasez de “talento intelectual” estas inquietudes pasan a ser relevantes y que cualquier nación que quiera meditar sobre su porvenir en el mediano plazo debe pensar rigurosamente sobre estos temas.::