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Blog: Blog de Adrian Ramos
Creado por gonberra en Thu 07 de Jun de 2007 [01:06 UTC]
Última modificación Thu 07 de Jun de 2007 [01:28 UTC]

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Descripción: Notas de opinión publicadas en diferentes medios
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posteado por gonberra on Thu 07 de Jun de 2007 [01:28 UTC]
a visión de Javier Alvaredo (MVA), Miguel Braun (CIPPEC) y Adrián Ramos (CEPAL)

Como viene la economía para los próximos años


El Economista: –¿Cómo ven el actual proceso de crecimiento de la economía hacia adelante?

–Javier Alvaredo: Los números muestran alguna desaceleración de la actividad en este momento. Los interanuales vienen por debajo de lo esperado. Pero cuando uno mira los desestacionalizados muestran una desaceleración leve que no es preocupante. Yo creo que este año no se puede seguir pensando en tasas de 9 sino más bien tasas de alrededor del 8-7%. Mirando hacia delante, yo digo que en la medida que se puedan resolver los temas principalmente del sector energético, hay margen como para crecer a tasas sostenibles.

–Adrián Ramos: Lo que nosotros estuvimos haciendo en la CEPAL son algunos ejercicios de consistencia macroeconómica bajo un sendero de crecimiento aceptable. El último realizado fue con datos de 2005 bajo con un supuesto de que la economía crece 5 puntos anuales hasta 2010. Lo que buscábamos ver es como la restricción externa y los limitantes de acumulación de capital funcionaban en un esquema de crecimiento sostenido de mediano plazo. Las primeras conclusiones son que la inversión necesita crecer más de los niveles actuales. Si la tasa fue de 22 puntos en el último trimestre del año pasado, nosotros creemos que debería ser de 24 puntos a precios constantes para poder crecer a ese ritmo hasta 2010. Si uno quiere crecer sin generar problemas de cuenta corriente, esto implica también aumentar el ahorro interno en niveles similares. La otra clave es tener una tasa de crecimiento de exportaciones de 7 puntos. Con esta configuración macroeconómica, la economía puede sostener un sendero de 5 puntos hacia futuro. ¿Qué importancia tiene esto? Bueno, si la economía de 2006 a 2010 crece al 5% anual, el producto per capita lo habrá hecho al 2,5% entre 2000 y 2010. Para tener una idea, entre 1880 y 1930, la época dorada de la que muchos hablan, la tasa de crecimiento del producto per capita fue de 1,8. Cuando España creció desde 1970 a 2000 la tasa de ingreso per capita lo hizo al 2,4%. Tanto en términos del pasado como comparativos esto implica cambios para el país

–Miguel Braun: A diferencia de los noventa y los ochenta cuando vivíamos año a año pensando en si se venía o no una crisis grande, ahora no están los riesgos del frente fiscal o comercial. Sí está la posibilidad que nos afecte un shock internacional, pero por ahora eso no parece muy probable en el corto plazo.

–J.A.: Con respecto a lo que dijo Adrián sobre el punto de la inversión me parece que la clave está en el tema de infraestructura energética. Si uno toma dos o tres proyectos ya enseguida suma esos dos o tres puntos que faltarían. En ese sentido el Gobierno pareciera esta moviéndose, aunque uno no puede determinar si lo hace de forma eficiente o no, pero sí vemos que se está ocupando más. Hay una situación favorable con la ley de los cargos específicos, está el ahorro de las AFJP que no tienen inversiones en el mediano y largo plazos. En ese sentido la fórmula ‘obra pública + modelo chileno’ puede que cuaje bien. Respecto al crecimiento de mediano plazo, yo digo que otro limitante me parece el mercado de trabajo. Uno ve la condición de los que no encuentran trabajo y entiende que ahí puede llegar a haber algún tipo de inconveniente si no se toman medidas de entrenamiento o educación.
nestor kirchner
viñetaFoto Adrián Ramos


E.E: – ¿Qué tipo de mejora esperan para el futuro en el cuadro social de la Argentina?

–A.R.: Para mí el tema tiene que mucho que ver con la distribución de los ingresos. Me parece que en una apuesta al crecimiento de mediano plazo, se requiere inversión. Pero para lograrla se necesita garantizar a los que hacen la apuesta el retorno de esas inversiones. Pero al mismo tiempo no se puede generar incentivos a cualquier precio. Es difícil sostener estos niveles de crecimiento del orden de los cinco puntos con una distribución del ingreso peor a la actual. Por lo tanto se trata de lograr alguna apuesta en términos de garantizar el retorno de las inversiones y que los sectores más pobres se vean favorecidos por este mayor crecimiento. Y en esta discusión no se trata de una discusión sobre distribución del ingreso como aparece en la opinión pública que hace referencia al diez por ciento superior de la escala social. Cuando uno discute tarifas, cuestiones de impuestos, se centra dentro del 10% superior más rico. El beneficio del crecimiento debe ser repartido entre todos.

–M.B.: Coincido con el principio. Pero me parece que no siempre están relacionadas esas dos cosas. Hay países donde la distribución del ingreso es horrible y sin embargo está asegurado el retorno para las empresas, y países donde pasa lo contrario. Son dos objetivos deseables pero no se que estás pensando cuando los planteás de manera conjunta.

–A.R.: La configuración social y económica de la Argentina hace difícil que vos puedas plantear escenarios en los que puedas sostener situaciones como las de las economías que vos mencionas donde la distribución del ingreso es muy perjudicial para los sectores más populares. Esto tiene que ver con cuestiones si se quiere estructurales: cómo se configuraron los intereses y los sectores sociales en la Argentina. Me parece que para tener un crecimiento sostenido en este país se necesita de una apuesta conjunta.

–J.A.: Yo también coincido con esta visión. Pero a priori me parece algo complicado de articular. De todos modos me parece que desde el punto de vista del desarrollo social poscrisis, la tasa de crecimiento económico filtró bastante. Si uno hace un ejercicio con otros países que han atravesado crisis, uno ve que en el caso argentino fue más rápida la recuperación del salario real en el sector formal. Y por haber tenido el menor pass through de la devaluación a precios minoristas, tenemos en dólares los salarios más bajos de esas experiencias. Esto es favorable por dos puntos: primero, sos competitivo y, segundo, el costo en términos de poder de compra de los salarios no fue menos elevado que en otros casos. También está el tema de la informalidad, algo que paulatinamente en los últimos dos años ha ido mejorando. Uno mira la elasticidad-producto del empleo formal, versus la del empleo-total y la primera viene creciendo al doble. Eso en el algún punto va generando una mejora en los indicadores. Es lenta y por eso va hacer falta asistencia social en el futuro y crecimiento. Pero el crecimiento está derramando. Otro síntoma que ocurre ello son las fricciones en el mercado de trabajo, lo cual lo hace a uno pensar que el salario real aumentará en 2006 y 2007.

M.B.: Pensando a mediano y largo plazos es difícil imaginar una mejora significativa en la distribución del ingreso sin una intervención distributiva del Estado. En general en los países donde existe una distribución más equitativa hay una fuerte presencia estatal. El problema que surge para una economía como la Argentina, que es pequeña y abierta, es que dependemos de la inversión extranjera para consolidar esos puntos que faltan. Y eso dificulta el armado de un sistema tributario similar al de los países más desarrollados. Creo que hay una tensión entre la demanda por redistribución y la demanda de crecimiento.
nestor kirchner
viñetaFoto Miguel Braun


E.E. :– En los últimos años ha habido muchas experiencias de reducción fenomenal de la pobreza, como el caso de China, pero pocas experiencias equivalente en mejora de distribución del ingreso.

–M.B.: Sí. Existe una tendencia mundial que tiene que ver con el cambio tecnológico, un sesgo hacia la demanda relativa por mano de obra calificada. Si a eso en la Argentina se le suma nuestra dotación de factores, hace que la apertura nos juegue en contra de la distribución del ingreso. Por lo tanto para un país como la Argentina en el futuro va a ser más necesaria la intervención estatal. El punto es ver hasta qué punto tenemos la capacidad estatal para hacer eso sujeto a la restricción de mantener la capacidad competitiva por el lado tributario.

–J.A.: A veces me da la sensación de que somos muy nostálgicos. De que quisiéramos retrotraer la situación a los sesenta y eso lo veo complicado. Sin ser un especialista en temas sociales, me parece que estos procesos llevan tiempo. Historias de hijos de desempleados crónicos, antes no eran comunes de escuchar. Salir de ello va a requerir mucha eficiencia en la política pública. Otra dificultad clásica que hay en la Argentina es que la gente que está en el sector formal está sindicalizada y tiene un grupo de presión que puede pelear pos sus intereses. Algo que va en desmedro de la gente que está fuera del sector formal. Esas son cuestiones que el Estado va tener que tratar con un mayor equilibrio porque la mala distribución del ingreso no se está dada entre capitalistas versus trabajadores sino entre los mismos trabajadores. Ahí hay un tema complejo. El Estado deberá empezar a pensar que las políticas que vienen son aquellas que rinden frutos a diez años...

–M.B.: Una experiencia interesante en ese sentido es ver qué va a pasar con la ley de financiamiento educativo y la nueva ley nacional de Educación. Por un lado, la primera prevé un incremento del presupuesto en educación. Ahí lo interesantes será ver si ello se puede mantener en un año de recesión. La otra es ver la transformación de los planes sociales, como el Jefas y Jefes que tuvo un rol muy importante en la crisis, en programas de transferencias condicionadas. En su momento hubo una propuesta en el país que implicaba hacer transferencias a las familias más pobres con la contraprestación de que envíen a sus hijos a la escuela. Son programas que se están implementando en América latina. Eso parecería ser una respuesta interesante a los problemas de pobreza estructural. Pero, de vuelta, hay que ver qué capacidad estatal hay.

E.E.: –¿Cómo ven la evolución de los superávit gemelos?

–J.A.: Por el lado externo, uno ve que el superávit comercial está estabilizado y por lo tanto hay margen para el optimismo. En lo fiscal uno ve que ocurre un deterioro a nivel provincial más rápido que el que uno hubiera deseado. Me da pena que no se esté aprovechando la oportunidad. Creo que estamos teniendo un impulso fiscal más fuerte del necesario. Uno entiende que el Gobierno tiene objetivos políticos. El gasto en capital es el principal ítem pero por el otro lado uno no ve un plan estratégico. Por ejemplo, el número de gasto en capital que aumenta pero uno no sabe si aumentan las obras o si aumenta el costo de las mismas. Hoy lo cierto que estás en una situación como para hacer algún ajuste fiscal indoloro en términos políticos, que te deje espacio como para ir removiendo algunos impuestos que a largo plazo no van a ser sostenibles.

–A.R.: En las últimas décadas la tasa de ahorro fue contracíclica. Cuando venían las crisis aumentaba el ahorro, cuando venían las expansiones el ahorro disminuía. Algo que alguna teoría económica le cuesta explicar. Desde 2003 para acá el incremento en la tasa de ahorro interno fue en gran parte explicado por el aumento del ahorro público. Las señales del último tiempo muestran que el ahorro privado todavía sigue en los niveles posdevaluación pero que crezca todavía un poco más. Pero lo que queda claro es que en cualquier circunstancia, el ahorro público se debe mantener alrededor de los niveles de hoy. Esto es así no solamente por razones de financiamiento del Estado sino también por compromisos de endeudamiento que todavía quedan en el sector público. Está claro que la deuda se redujo significativamente para el sector público pero todavía sigue siendo importante. Hacia delante es difícil pensar en una economía creciendo a las tasas que antes indicábamos sin sostener este esfuerzo de ahorro. Me parece que se podría cometer algún error si una desaceleración de la tasa de crecimiento de la economía es respondida con un impulso fiscal.

–M.B.: Si uno mira la serie histórica la situación actual resulta increíble. Por primera vez en cuarenta años hay superávit primario por encima de 3 puntos del PIB y da la sensación que por primera vez después de las crisis de la deuda las autoridades del país no corren detrás de ese tema. En los ochenta se pateaban los pagos, en los noventa se refinanciaba o se emitía nueva deuda. La deuda era la preocupación central de los tomadores de decisión de política económica. A la vez había una situación de déficit fiscal grave. Hoy esto no ocurre y tampoco lo de la deuda. Todo esto hace pensar que el problema no vaya a venir por el lado fiscal. Yendo más a largo plazo, el mantenimiento de al situación fiscal parece ser fundamental, y yo tengo una duda más institucional si se quiere. Uno ve que mejoraron las cuentas públicas pero lo que no cambió fue el andamiaje institucional según el cuál se toman las decisiones de política económica en la Argentina. Por ejemplo la centralización del gasto, la relevancia que tienen los gobiernos provinciales en la determinación de políticas públicas nacionales. Todo eso hoy está limitado por el contexto favorable.

–A.R.: Agrego una cosa. Uno tiene la impresión de que el tipo de cambio real de la economía va a tender a ser inferior al actual. Por más que se sostengan niveles superiores a los que habíamos visto durante el período de vigencia del 1 a 1, es claro que va haber algún sentido de apreciación del tipo de cambio. En ese contexto, y en términos fiscales, aparece el desafío de convertir una estructura tributaria que se asienta en buena medida en imposiciones sobre el comercio exterior hacia otro esquema. Me parece que ese es otro desafío.

–J.A.: Agrego otro elemento. Hoy tenemos una situación inédita que la ANSES es superavitaria y que es muy difícil pensar que eso se pueda deteriorar. Desde un punto de vista pragmático uno puede pensar que parte de la transición de la reforma provisional ya la dejaste atrás y esa es una ventaja importante. Con respecto al ahorro nacional hay una buena oportunidad para desarrollar un mercado de capitales que pueda generar algún incentivo como para que el ahorro privado no emigre del país. Los noventa y sobre todo la última parte de la gestión de la AFIP, han hecho que el nivel de evasión haya bajado, con lo cual el Gobierno puede tener ahí algún resquicio para trabajar en ese sentido.

E.E.:– Por último, ¿cómo ven el contexto internacional para la Argentina que hasta ahora ha sido favorable?

–J.A.: No me parece que haya sido más favorable que para el resto de la región. Para Chile fue más favorable que en la Argentina, inclusive para Venezuela, para Perú. En términos de tasas sí fue favorable porque coincidió con niveles bajos con la reestructuración de la deuda. Pero no coincido con esta visión de la suerte porque le quita méritos a cuestiones como el de la negociación de la deuda por ejemplo. Con respecto a lo que estuvo pasando en las últimas semanas en el contexto internacional lo que se observa es cierta volatilidad producto de que hay mucha confusión en el mercado. Algunos que ven la economía estadounidense recalentada, otros que ven un hard-landing hacia futuro, y en esas circunstancias lo que pasa es que el mercado sobrerreacciona. Hoy hay una configuración diferente porque los fondos de cobertura han incrementado su participación en el mercado. A favor juega que los sistemas financieros han podido descargar en esos fondos de cobertura sus activos más riesgosos. La configuración de superávit gemelos y reestructuración de la deuda hace que la Argentina hoy esté aislada de lo que era la fuente principal de vulnerabilidad financiera. Por otro lado, no me imagino una caída muy fuerte en los términos de intercambio. De todos modos algún impacto va a haber: la tasa de crecimiento probablemente se desacelere y aumentará el costo de oportunidad de repatriar dinero para invertir en el país. Finalmente está la cuestión de las reservas. Nosotros en la consultora criticamos a Martín Redrado cuando salió a comprar dólares en el primer trimestre diciendo que se le iba a complicar en el segundo trimestre. La verdad es que no le salió mal. Hoy no existe una expectativa de apreciación nominal del peso. Por lo que hizo el Central en los últimos meses estoy tranquilo, pero si el Gobierno prioriza el objetivo de acumular divisas y está dispuesto a convalidar un esquema de crawling peg, ahí me preocuparía un poco.

–M.B.: Coincido con lo que dice Javier en cuanto al contexto internacional. ¿Qué soluciones hay para enfrentar un posible cambio de escenario? El hecho de tener un tipo de cambio flexible juega muy a favor de poder reaccionar a esos riesgos. Por otro lado, el desendeudamiento es fundamental. Pagarle al FMI es el mejor fondo anticíclico que se puede tener porque ahora van a prestar cuando vuelva una crisis o se tenga un problema. En la discusión entre tener un fondo anticíclico o reducir la deuda, yo me inclino más por reducir la deuda porque termina siendo más barato. Otra lección que dejó la crisis de los noventa es que hay que hacer como hacían los abuelos después de la Segunda Guerra: ahorrar y juntar reservas.

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posteado por gonberra on Thu 07 de Jun de 2007 [01:08 UTC]
Invertir en el crecimiento

Un fuerte repunte económico en un intervalo de cinco años sin chocar con una restricción externa o de financiamiento del sector público constituye un fenómeno inusual para la experiencia argentina. El mantenimiento de holguras presupuestarias ha es un rasgo característico y saliente, y abre márgenes para avizorar una prolongación de la expansión. Las condiciones para converger hacia un sendero de crecimiento persistente parecen incluir, junto con un contexto externo que permita ese tránsito, el afianzamiento de conductas observadas a lo largo de la recuperación, y la adaptación o transformación de otras.

Si bien el crecimiento de las exportaciones fue un rasgo visible del comportamiento en las últimas décadas, y particularmente en el período reciente, entre los elementos que resaltan por su relevancia a futuro, aparece la determinación de una tendencia exportadora. En este proceso, en los últimos años contribuyó de manera muy importante la dinámica de la región pampeana, dada por una considerable ampliación de la oferta, especialmente de granos, en un contexto internacional que tendió a valorizar los recursos asociados con su producción. Hacia adelante, en un panorama internacional que, con las incertidumbres del caso, muestra rasgos potencialmente favorables en los mercados en los que participa la producción argentina, una suba continua y persistente de las exportaciones está asociada con esfuerzos acumulativos y de largo aliento para ampliar las operaciones en rubros ya tradicionales pero también para encontrar y desarrollar nuevas corrientes de productos. Dado un entorno de consistencia agregada, el incremento de la oferta exportable depende de numerosos conjuntos de decisiones productivas, tecnológicas y comerciales. Allí se abren temas múltiples para la política económica y para la interacción público- privada a fin de facilitar esas actividades y a atender disyuntivas, como las que se generan en relación al aprovechamiento de oportunidades en mercados internacionales para productos cuyo abastecimiento interno tiene implicancias distributivas.

La consolidación de un movimiento de expansión en la producción de bienes comerciables está fuertemente interrelacionada con la generación de flujos de inversión. A pesar de la enérgica expansión de la inversión, en la recuperación se fue reduciendo paulatinamente la relación entre capital instalado y producto, a partir de valores muy altos hasta un nivel comparable a los de la década previa. Así, la variación del stock de capital se elevó a una tasa significativa, pero menor que la de aumento del producto. En consecuencia, el coeficiente de inversión, aunque apreciable para la experiencia argentina, es moderado en comparación con el de países de muy rápida expansión a la manera asiática. La imagen resultante es la de una acumulación de capital que resulta compatible con crecimientos del producto, aunque a ritmos no tan rápidos como los observados en los años post-crisis.

En este tiempo, la inversión productiva fue importante en el sector agropecuario, favorecido por el cambio de precios relativos, especialmente en los primeros años de la recuperación, cuando la inversión agregada seguía baja. En los sectores industriales, las decisiones de acumulación parecen haber respondido en muchos casos a decisiones incrementales que, sin modificar fuertemente la escala de operación, buscaban acompañar la variación esperada de la demanda; en áreas de infraestructura, como provisión de agua, obras viales y energía se observó una incrementada participación de la inversión pública.

En una tendencia de crecimiento con atención sobre la equidad, sería de esperar que resulten los grupos de menores ingresos los beneficiarios de redistribución, mientras que la expansión económica generaría las ganancias para los demás estratos, y las expectativas de mayores ingresos provenientes de la actividad productiva proveerían los incentivos en materia de inversión, ahorro e innovación. Empero, la inversión depende de las perspectivas de apropiación de beneficios. Aunque la tensión entre los objetivos distributivos y los correspondientes impulsos sociales, por un lado y, por otro, la demanda de rentabilidad previsible como sustento de la inversión y del financiamiento interno no es exclusiva de la Argentina, su tratamiento parece una cuestión especialmente saliente en el país.

La economía argentina mostró a lo largo de las décadas varios impulsos de inversión, cortados por períodos de menor acumulación. Las dificultades para definir una tendencia sostenida se correspondieron con los cambios en los incentivos que, en términos generales, generaban las principales decisiones de inversión en diferentes instancias. Así, según el episodio, el acento estuvo sobre la sustitución de importaciones para un mercado protegido, en la utilización de ayudas fiscales en proyectos capital- intensivos, en la misma inversión pública, o en la rentabilidad esperada de la operación bajo marcos regulatorios favorables en sectores de servicios donde existían demandas insatisfechas. Debido a motivos de hecho y a criterios de política, esos mecanismos no parecen disponibles como grandes inductores de acumulación. En buena medida, la configuración de una tendencia de acumulación estaría relacionada con la emergencia de conjuntos de incentivos percibidos (no necesariamente idénticos en todas las áreas de la economía), que mantengan consistencia entre sí y, en particular, sean compatibles con las restricciones macroeconómicas de presupuesto, y que orienten decisiones de inversión sobre horizontes de tiempo crecientes.




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posteado por gonberra on Thu 07 de Jun de 2007 [01:08 UTC]
¿A quién le fue tan mal en la economía argentina?

El ingreso promedio en la Argentina alcanzó en la primera parte del siglo XX valores similares al de economías desarrolladas, mientras que en la actualidad las diferencias con esos países se miden en órdenes de magnitud. La tendencia declinante de largo plazo aparece también en relación a otras economías de la región. Pero, si bien esos hechos son claros, el lamento nostálgico por un pasado ya lejano puede llevar a concentrar la atención en alguna (más o menos mítica) “edad de oro”, y a distraerla de una visión hacia delante. En los propios términos de la pregunta del título: a todos los estratos sociales no les ha ido igual. A menudo se argumenta que el poco dinámico desempeño tendencial de la economía se ha asociado con actitudes de desatención u hostilidad hacia los derechos de propiedad de los grupos de ingresos altos; en todo caso, esos grupos consiguieron en los hechos preservar niveles de poder de compra nada despreciables. Los problemas de generación de ingresos, que los hay y graves, están sobre todo en la base de la pirámide: los datos no sugieren que, en perspectiva, a los de la otra punta les (nos) haya ido tan mal.

La forma usual de realizar comparaciones internacionales de nivel de vida es a través de series medidas en términos de “paridades de poder adquisitivo” (PPA), de manera que las cifras estimarían niveles de poder de compra sobre canastas homogéneas de bienes. Con datos así tomados de una base internacional , el producto por habitante de la Argentina es del orden de los 11700 dólares por año. Este valor es 40% del promedio de un conjunto de países desarrollados, es decir, que existe una diferencia apreciable y sustancialmente mayor que unas décadas atrás.

Un ejercicio ilustrativo consiste en combinar esas cifras con la participación de un determinado grupo en el ingreso de un país. Como la proporción del ingreso total que percibe el 20% de menores recursos de la población argentina es de 3,1%, el ingreso promedio anual per capita de este grupo se estimaría en unos 1800 dólares PPA: es decir, solo un 16% del de alguien perteneciente al quintil más bajo en una economía desarrollada. No es novedad: ubicarse en el grupo más pobre en la Argentina significa una condición de ingresos y de nivel de vida sin parangón en el “primer mundo”. El país no está solo en eso: para dar un ejemplo cercano, en Chile el 20% más pobre tendría en promedio un ingreso menor a un sexto del de su contraparte en esas economías desarrolladas. Brasil muestra una brecha aun más marcada: menos de un décimo que en los desarrollados.

El panorama varía en la otra punta de la distribución. El 10% de mayores ingresos de la Argentina generaría anualmente unos 45000 dólares PPA por persona. Esta magnitud no solo es ampliamente mayor que el ingreso medio en una economía desarrollada, sino que representa una proporción apreciable (cerca de 2/3) del ingreso del 10% más rico de esas economías. Algo similar ocurre con el estrato alto de Brasil (ingresos cercanos a 50% del “top 10%” de los países desarrollados) y, sobre todo, con el muy próspero grupo próspero de Chile (70%). Esos datos sugieren que, visto desde arriba, el primer mundo no aparece tan remoto...

Crecimiento económico y distribución

Cuando se agrupa a un 10% o un 20% de la población, los conjuntos son necesariamente heterogéneos. En la Argentina, los dos últimos deciles de la distribución están uniformemente por debajo de la línea de la pobreza, pero algunas de las personas son indigentes, mientras que otras no están en esa condición. Del otro lado, la heterogeneidad es muy grande: aquí se ubican desde gente extremadamente rica a personas que se clasificarían a sí mismos como “de clase media”, y posiblemente se sorprenderían al saber que ocupan un lugar así en la distribución.

Los cambios distributivos “internos” a los grupos de ingreso comparativamente alto suelen ocupar un lugar prominente en la atención pública (aquí y en otros lados), porque la gente involucrada tiene una capacidad comparativamente grande para intervenir en los debates sobre el estado de la economía y las opciones de política. Para referir a los conceptos de Hirschman, los grupos de ingreso relativamente alto se expresan audiblemente con “voz” (por último, a esos grupos pertenecemos los que escribimos y leemos artículos como éste), y también se hacen sentir, a veces vigorosamente, mediante la “salida” (caso típico, las huidas de capitales que responden a turbulencias y las realimentan).

Los conflictos internos a la elite, o que involucran a los ricos y los no-tan-ricos parecen haber sido en la Argentina un componente de la inestabilidad macroeconómica, y un factor de la tan comentada “incertidumbre sobre los derechos de propiedad”: por citar un caso, en el episodio reciente de la crisis financiera no fueron actores menores agentes como los bancos, las grandes empresas deudoras, los depositantes por montos elevados y los tenedores de bonos. Al mismo tiempo, la percepción del estrato alto de que, en condiciones normales, su poder de gasto permanente debería sostener patrones de demanda “europeos” (aunque más no fuera de la periferia europea) probablemente contribuyó a generar los amplios ciclos de gasto y nivel de actividad que han caracterizado a la Argentina, y a mantener niveles de ahorro privado que han sido históricamente bastante bajos.

En el caso específico de la Argentina, no parece demasiado polémico afirmar que un mejor desempeño requiere al mismo tiempo crecimiento agregado y mejora distributiva, y que presumiblemente una cosa sin la otra sería insatisfactorio, o inviable. Crecimiento y distribución forman parte de procesos de largo plazo, donde la consistencia técnica de las políticas es importante, pero que exceden con mucho al ámbito “tecnocrático”. De un modo u otro, parece requerirse que los actores sociales relevantes sean capaces de contemplar horizontes fuera de lo inmediato, al menos en cuanto a direcciones y estrategias generales, y, especialmente, que la misma elite y sus principales segmentos “apuesten al crecimiento”, y reconozcan la pertinencia de la inclusión social, en lugar de operar en un juego de suma negativa para tratar de torcer la distribución de ingresos aún más a su favor.




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posteado por gonberra on Thu 07 de Jun de 2007 [01:07 UTC]
La fuga de talentos

En un artículo provocativo sobre la inteligencia en las aulas, Charles Murray afirma que en el debate actual en EE.UU. sobre la importancia de la educación en la solución de múltiples problemas contemporáneos (desde el crimen, hasta el desempleo y la desigualdad de ingresos) no se tiene en cuenta la capacidad intelectual de los alumnos que están siendo o serán educados en el futuro. Murray señala que la distribución de la inteligencia en cualquier población tiene una forma de campana (e.g. una distribución normal), y por lo tanto, la mitad de los chicos en edad escolar se ubica por debajo del promedio. Esta capacidad intelectual subyacente, denominada factor g, está incorporada en la arquitectura neuronal del cerebro desde que ingresamos al jardín de infantes. Así, si uno carece de suficiente factor g a esa edad, de ningún modo podrá detentar una cantidad elevada en el resto de sus días. Esta situación limita el desempeño académico esperable y establece un “techo” a los niveles de complejidad que pueden ser absorbidos por el alumno a través del aprendizaje. Esto no quiere decir que las escuelas no puedan mejorar la calidad de enseñanza, sino que incluso las mejores escuelas en las mejores condiciones no pueden rehuir estos límites establecidos por la distribución de la inteligencia. Esta polémica discusión, enmarcada en los avances de la neurociencia, abre un debate interesante sobre si existe la posibilidad de elevar en forma permanente el factor g, sobre el sentido de los exámenes universales de rendimiento, sobre la capacidad de los docentes para preparar a todos los alumnos dada la heterogeneidad que coexiste en los grupos, sobre el rol de la enseñanza superior, etc. Pero también, nos permite reflexionar acerca de las tendencias que se pueden ir vislumbrando en la economía mundial de nuestros tiempos.

En una economía “global” del conocimiento, o en los términos de Murray del “talento intelectual”, la demanda por éste será creciente. Si la capacidad intelectual de las personas está determinada desde niño y no puede ser sustancialmente mejorada en el tiempo, entonces la cantidad de individuos con capacidad que se pueden dedicar a actividades de alta intensidad intelectual está delimitada por la curva en forma de campana. Si esto es así, sería inverosímil que más de un tercio de la población nativa de un país esté localizada en dichas actividades. Por lo tanto, no es absurdo especular que en los tiempos venideros los países más desarrollados descubran esos límites infranqueables y por consiguiente demanden en forma creciente “talento” del Sur. Asimismo, en ese esquema económico aquellos individuos con un elevado factor g obtendrían una renta, ya no de la tierra, sino del “talento”. Para percibir algunas tendencias de esta economía ricardiana “paremos la pelota” y levantemos la vista. Quizás podemos usufructuar de otra industria “global” que se encuentra en un estado de desarrollo mayor que la del “talento intelectual”: la industria del “talento futbolístico”.

Desde que a fines de 1995 el fallo de la Corte Europea en el caso Bosman (un mediocre futbolista belga) eliminó los límites a la cantidad de jugadores extranjeros pertenecientes a otros países de la Unión en las ligas del fútbol europeo (anteriormente sólo se permitían dos por club por partido), las restricciones cuantitativas han colapsado y la demanda de futbolistas originarios de los países del Sur no interrumpió un progreso acelerado. Hoy se hace innegable que el fútbol es un mercado “global” de provisión de servicios de entretenimiento que utiliza como insumo principal al “talento futbolístico”. Reparemos en algunas de sus consecuencias.

En un trabajo sugestivo, Branko Milanovic reveló cómo la introducción de movilidad laboral en condiciones de poder financiero desigual condujo a una concentración mayor de la elite y aún dentro de la elite de los clubes de fútbol (por ejemplo, equipos que alcanzan los cuartos de final en la Liga de Campeones). Ciertamente, la mayor calidad del juego junto con una mejor infraestructura de comunicaciones favoreció a los aficionados. Las rentas de los “talentosos” resultan evidentes: se estima que los jugadores del Sur más destacados ganan en los equipos europeos entre 20 y 50 veces más de lo que obtendrían en sus países de origen. Además, probablemente adquieran habilidades y experiencia en campeonatos más competitivos. De éstas luego se beneficiarán sus seleccionados nacionales (aunque a veces nos asaltan ciertas dudas sobre ello). Empero, este proceso vino acompañado por una mayor desigualdad entre las ligas de fútbol.

El flujo de “talento futbolístico” entre clubes alcanzó un grado de masividad que no nos sorprende ver a decenas de argentinos esparcidos por las mejores ligas del mundo. La propia dinámica llevó a que sean cada vez más jóvenes aquellos que se alejan. No nos conmueven los pases de los Gago o a los Higuaín sino de los Trejo y las tantas otras jóvenes promesas que aún sin haber debutado en nuestras canchas recurren a la “patria potestad” para emigrar. Así, el campeonato local se nutre de jóvenes cada vez más jóvenes, de adultos que pasaron por Europa y que se encuentran en la última etapa de su vida productiva y de unos pocos que aún juegan “por la camiseta”.

Si las tendencias de la economía mundial que se intuyen se confirman es probable que el “talento intelectual” siga un trayecto análogo al futbolístico. Pero existen diferencias sustanciales en la organización de ambas industrias que perturbarán los costos y beneficios sociales de la migración internacional. En gran medida, en nuestros países, el financiamiento del entrenamiento del “talento intelectual” proviene de presupuestos públicos. Por otra parte, no hay en marcha un mercado de pases entre universidades reglado por un sistema de contratos. Ni existe una organización internacional como la FIFA del mundo científico que fuerce a un resarcimiento para los clubes locales por la formación de los jóvenes que emigran. Por otro lado, la agenda de investigación del mundo desarrollado suele dejar de lado aquellas peculiaridades exclusivas del Sur. Quizás estas discrepancias sólo expresen un grado de evolución diferente, pero lo incuestionable es que en una economía “global” regida por la escasez de “talento intelectual” estas inquietudes pasan a ser relevantes y que cualquier nación que quiera meditar sobre su porvenir en el mediano plazo debe pensar rigurosamente sobre estos temas.




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posteado por gonberra on Thu 07 de Jun de 2007 [01:07 UTC]
Resoluciones y metas de año nuevo

Dicen que diciembre es un mes en que los seres humanos hacemos una evaluación de lo que nos pasó en el año que termina y en el que confeccionamos las interminables listas de resoluciones y metas para el año que empieza (ir al gimnasio, dejar de fumar, etc.). Para las empresas, diciembre es el mes del balance general y de las proyecciones financieras. Quizás motivados por ese espíritu, en estas líneas repararemos brevemente en qué sucedió en la economía argentina durante 2006 y cuáles son algunas de las cuentas que pasan al próximo año.

Balance preliminar…

En 2006, el nivel de actividad económica se expandió con intensidad por cuarto año consecutivo. Si bien todos los componentes de la demanda crecieron marcadamente, se destacó el ímpetu de la inversión (impulsada fuertemente por la construcción). El consumo tuvo una suba apreciable aunque en línea con el producto, por lo que el coeficiente de ahorro interno permaneció bien por encima del de la década previa. Aunque hubo una desaceleración en los volúmenes exportados, el alza de algunos precios internacionales y una menor elasticidad de las importaciones permitieron que el balance comercial continuara presentando un robusto superávit, ubicándose en niveles similares a los del año anterior. En consecuencia, la cuenta corriente del balance de pagos volvió a ser fuertemente positiva. El notable desempeño de la recaudación de impuestos consintió que en un contexto de apreciable suba del gasto público, el superávit primario se sitúe claramente por encima del 3% del PBI. La mejora en los indicadores sociales de pobreza e indigencia prosiguió, sustentada una vez más en el aumento del empleo (por encima del crecimiento de la oferta de trabajo) y de las remuneraciones reales. Las autoridades recurrieron al seguimiento e intervención en la fijación de precios en rubros sensibles. De hecho, se verificó una desaceleración de la tasa de variación del índice de precios minoristas. Sin embargo, la presión de la demanda agregada sobre los precios internos se expresó tanto en los precios no regulados del IPC como el índice de precios implícitos del PIB que mantuvieron el ritmo de aumento del año anterior.

Para 2007, en un escenario internacional que vuelve a lucir favorable, un arrastre estadístico del PBI superior a 3 puntos porcentuales fruto de la marcha firme de la economía y las perspectivas de una elección presidencial sugieren la prolongación de un crecimiento vigoroso por quinto año sucesivo luego del colapso de la convertibilidad.

… y algunas cuentas pendientes

Así, está planteado el tránsito de la fase de recuperación de la aguda crisis de comienzos del decenio hacia un sendero sostenible de crecimiento. Sobre un horizonte corto, aparecen como temas la correspondencia entre el crecimiento de la oferta y la demanda agregada y el mantenimiento de los excedentes externos y fiscales, que habían contribuido visiblemente a abrir márgenes para la gestión económica. Mantener una dinámica de precios relativos sin grandes fluctuaciones, requiere la administración de pujas distributivas y reclamos sectoriales y la convergencia de la demanda interna hacia una tasa consistente con la tendencia de largo plazo.

Como cuestiones de mediano plazo, la transición involucra el afianzamiento de los flujos de ahorro, inversión (en el agregado, y en sectores con potenciales cuellos de botella, como el energético) y exportaciones, y el establecimiento de patrones distributivos socialmente aceptados. Un mejor desempeño económico implica al mismo tiempo crecimiento y mejora distributiva. Esto es que la elite (los ricos y los no-tan-ricos) “apueste al crecimiento” y reconozca la pertinencia de la inclusión social mediante una oferta aceptable por aquellos que conforman la base de la pirámide.

Hasta ahora, la enérgica expansión de la inversión tuvo como protagonistas centrales al sector agropecuario y a un conjunto masivo de pequeñas y medianas empresas. Las grandes firmas sólo acompañaron con inversiones puntuales el aumento de la demanda. La acumulación capitalista involucra la disposición a invertir en activos específicos con grados disímiles de irreversibilidad. Esa disposición se ve afectada por altos o inciertos niveles de tributación explícita o implícita (regulaciones e intervenciones) sobre la rentabilidad. En particular, en aquellas actividades que se caracterizan por exigir altos costos hundidos, horizontes temporales largos y gran complejidad contractual. En Argentina, este factor se combina con el elevado grado de extranjerización de la economía, que hizo que las decisiones de inversión se zanjen en firmas en donde el peso del país en el total es secundario y en donde el residente local es un gerente de la compañía. Así, un nuevo empuje de la inversión parece requerir que los actores relevantes sean capaces de contemplar horizontes fuera de lo inmediato al menos en cuanto a “visiones” y estrategias generales.

Un hecho excepcional de estos tiempos fue que la recuperación de la inversión estuvo acompañada por superávit en la cuenta corriente del balance de pagos. La dependencia de los flujos de ahorro externo no sólo implica mayor endeudamiento sino que puede favorecer una trayectoria más volátil. Una parte substancial del esfuerzo de ahorro nacional debería provenir de la austeridad del sector público ante los compromisos de deuda pública. El resto, del acrecentamiento de la moderada frugalidad que exhibió el sector privado, en particular, los grupos de más altos ingresos.

Por conocidas razones de equilibrio externo, un aumento sostenido de las exportaciones es crucial para sostener una tendencia ascendente de demanda interna, empleo y salarios. El valor de las ventas externas aumentó, asociado con mejores precios internacionales pero también por mayores cantidades. Últimamente, las autoridades privilegiaron el abastecimiento de bienes de consumo al mercado local frente a las exportaciones. No parece una estrategia deseable a mediano plazo desestimular a las actividades potencialmente capaces de incrementar significativamente las ventas externas. Esto no excluye, por cierto, pedirle a los sectores correspondientes algunas señales concretas de sus intenciones expansivas.

Confluir a un sendero sostenible de crecimiento y de demanda nominal; invertir, ahorrar y exportar más; y trazar un esquema distributivo socialmente aceptado. Quizás esas sean las resoluciones para este año nuevo.



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